JERRY Y EL REFUGIO DE PAPEL
En medio de la soledad y el frío que parecían habitar para siempre entre los altos muros grises del orfanato, vivía Luna.
Era una niña pequeña, de mirada profunda y pensamientos lejanos.
Para ella, aquel lugar no era un hogar; era simplemente el sitio donde descansaba su cuerpo, porque su mente y su corazón siempre estaban muy lejos de allí.
Su mayor tesoro era un cuaderno de hojas blancas.
Pasaba horas dibujando en él, hablando en voz baja y construyendo, trazo a trazo, un mundo mucho más amable que el que la rodeaba.
—Mira, Jerry. Hoy vamos a construir un árbol enorme, gigante... tan alto que tocará las nubes.
Una sonrisa dulce apareció en su rostro mientras deslizaba el lápiz sobre el papel.
—Será tu casa, tu refugio.
—Cuando sientas calor, sus ramas espesas te darán sombra fresca.
—Y cuando llueva, sus hojas grandes te protegerán.
—Ten paciencia, amigo mío.
—Construir algo tan grande y maravilloso requiere esfuerzo y cariño.
Acarició el dibujo con la punta del dedo.
—Y no te preocupes, también te haré una casita al pie del tronco, calentita y segura.
—Pero primero terminemos el árbol, ¿está bien?
—Hoy hace mucho sol aquí afuera, ¿verdad?
—Mira, Jerry, si quieres puedo dibujar una hamaca colgando de una rama fuerte para que duermas la siesta y descanses todo lo que quieras.
—No seas tan exigente; todo a su tiempo sale mejor.
Mientras Luna conversaba con su invisible compañero, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, tres figuras avanzaban por el patio.
Eran Sandra, Karla y Marta.
Sandra era la mayor de las tres.
Tenía una sonrisa torcida y una mirada oscura que parecía disfrutar del sufrimiento ajeno.
Todo aquello que fuera diferente la molestaba profundamente.
Y Luna era diferente.
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