EL CONCILIO DEL VACIO
En el Elyssian Void, el Vacío Elísio, el hogar sagrado de quienes reinan por encima de toda existencia, más allá del espacio, del tiempo y de cualquier dimensión conocida, se reunían los gobernantes supremos de la creación.
Allí, donde la luz y la oscuridad eran solo herramientas en sus manos, el aire mismo vibraba con la fuerza de pensamientos capaces de destruir o crear galaxias enteras con un simple parpadeo.
Pero incluso en las alturas más sublimes existía la discordia.
—¡ESTO SE ACABÓ! —retumbó una voz, profunda como el crujido de una estrella moribunda, que hizo temblar los suelos de cristal y éter sobre los que se alzaban.
Era Vorinthor, el Primero entre todos, el Señor del Orden y la Fuerza Absoluta.
Su figura, inmensa y aterradora, irradiaba autoridad sin límites.
—¡Ya no lo soporto más!
Llevamos eones observando, esperando, y el resultado es siempre el mismo.
Giró su mirada, capaz de atravesar el universo entero, y señaló un punto diminuto y lejano en la inmensidad.
—Tengo la vista puesta en Devharn —continuó, con desdén y asco marcados en cada sílaba—.
Un planeta que, solo de pensarlo, hace que hasta aquí llegue su hedor a podredumbre y caos.
¡Malditos sean sus habitantes!
Les entregamos un paraíso, un mundo virgen, hermoso y perfecto, y ellos, con sus propias manos, lo han transformado en una cloaca de vicios, guerra y miseria.
Yo digo que no perdamos más tiempo.
¡Al fuego con todo!
Que se convierta en cenizas y desaparezca de la memoria del cosmos.
A su lado, Zitrael, el segundo al mando, la sabiduría hecha ente divino, movió la cabeza con lentitud, buscando el equilibrio que siempre caracterizaba sus palabras.
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