El Encuentro
John abrió los ojos de golpe.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo blanco que tenía encima. Todo era blanco. El techo. Las paredes. El suelo.
Parpadeó varias veces.
Le dolía la cabeza.
Intentó recordar dónde estaba.
Nada.
Intentó recordar cómo había llegado allí.
Nada.
Ni siquiera estaba seguro de recordar quién era.
Una sensación de vacío le recorrió el cuerpo.
Se incorporó lentamente y apoyó una mano contra la pared para mantener el equilibrio. Le costaba mantenerse en pie. Sentía las piernas débiles, como si hubiera permanecido dormido durante mucho tiempo.
La habitación era pequeña y extrañamente perfecta. No había ventanas. No había muebles. No había objetos personales.
Nada.
Solo una puerta abierta.
John respiró hondo y salió.
Al otro lado encontró un largo pasillo iluminado por una luz suave que parecía surgir de las propias paredes.
—¿Hola? —preguntó.
Su voz resonó en el silencio.
No obtuvo respuesta.
Comenzó a caminar.
A medida que avanzaba iba encontrando más puertas abiertas. Entraba en cada habitación esperando encontrar alguna pista.
Todas estaban vacías.
Exactamente iguales.
La misma habitación.
La misma blancura.
El mismo silencio.
Después de recorrer varios pasillos sintió una inquietud creciente.
Aquel lugar era demasiado grande para estar completamente desierto.
Entonces escuchó algo.
Una voz.
Lejana.
Débil.
Pero inconfundible.
—¿Hola?
John se quedó inmóvil.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No estaba solo.
Corrió en dirección al sonido.
Al doblar una esquina vio a una joven observándolo con la misma mezcla de alivio y desconcierto que él mismo sentía.
Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos.
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