EL INTENTO
El laboratorio subterráneo vibraba con un zumbido constante. Decenas de generadores trabajaban al límite de su capacidad, iluminando la enorme cámara experimental con destellos azulados que recorrían cables tan gruesos como el brazo de un hombre.
El aire estaba impregnado del olor a metal caliente y ozono, mientras las pantallas mostraban cifras cambiando a una velocidad imposible de seguir.
Un grupo de científicos observaba en completo silencio el centro de la sala.
Nadie se atrevía a hablar.
Sabían que llevaban años preparándose para aquel momento y que un solo error bastaría para echar por tierra todo el proyecto.
Frente a ellos, un enorme dispositivo metálico permanecía suspendido sobre una plataforma circular. Su estructura estaba formada por anillos concéntricos que giraban lentamente alrededor de una esfera de cristal transparente. En su interior, diminutas descargas eléctricas danzaban como si intentaran escapar.
El director del proyecto respiró profundamente antes de romper el silencio.
—Señores... lo que ven en la pantalla es el objetivo principal de nuestro experimento. No podemos fallar.
Las miradas permanecieron fijas sobre los monitores.
Nadie respondió.
El hombre recorrió la sala con la vista hasta detenerse en una joven investigadora que acababa de integrarse al proyecto. El nerviosismo era evidente en su rostro.
—Vamos, tú... la nueva.
¿Cómo te llamas?... Ah, no importa. Cuando te indique, presiona el botón rojo. Solo tendremos una oportunidad.
Si fallamos, agotaremos la energía de media ciudad para nada. ¿Entendiste?
La muchacha tragó saliva.
—Sí... señor.
Sus dedos temblaban mientras los acercaba al enorme botón protegido por una cubierta transparente.
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